Paseo Familiar

Había una vez un rey, llamado Renzo, que vivía en su antiguo castillo medieval junto a la reina Elisabetta y a dos de sus hijos, el príncipe Ramiro y la princesa Mareta. Sus hijas mayores, las princesas Moira y Annagrazia, habían sido desposadas por apuestos pretendientes y habían partido a sus propios castillos, construidos para las numerosas familias que, se esperaba, habrían de tener.

Este Rey era a veces un poco gruñón y solía inmiscuirse en los asuntos de los príncipes, quienes no veían con buenos ojos la constante presencia de su señor padre en lo que consideraban debían ser sus decisiones. Especial molestia mostraba la princesa Moira, cada vez que su padre opinaba acerca de su forma de vivir. Moira quería mucho a su padre, pero no por ello permitiría este tipo de intromisiones. Así, cada vez que se sentía invadida en lo que ella consideraba su intimidad, no dudaba en alzar su voz y manifestar abiertamente esa rabia. Lo mismo ocurría si su madre o alguna de sus hermanas hacían comentarios o preguntas sobre su vida. Moira siempre fue muy celosa de su privacidad.
La reina Elisabetta provenía de las lejanas tierras del sur, donde su padre tuvo gran fortuna en el pasado. Pero, poco a poco, y debido a algunos negocios que resultaron poco prósperos, fue perdiendo todo lo que alguna vez tuvo, hasta terminar sólo con algunas monedas de oro. La reina Elisabetta no pudo heredar ninguno de los bienes que pertenecían a su familia, porque las pocas cosas que fueron conservadas, sus hermanos se encargaron de apropiárselas y malgastarlas, con estilos de vida muy poco ortodoxos.
Y aunque los bienes materiales nunca abundaron, siempre estuvo presente el sentido de unión familiar, que los acompaña hasta el día de hoy, y que se manifiesta en los almuerzos familiares, en los que la reina se esmera en la preparación de deliciosos manjares para sus hijos y nietos, el rey se dedica a disfrutar junto a los niños y el heredero y las princesas conversan sobre distintos tópicos, tal como lo hacían cuando todos vivían juntos. El rey padre se sienta en la cabecera de una gran mesa, donde la familia disfruta, no sólo de la comida, sino también de la presencia de unos y otros.
Fue así como la familia del astuto Renzo comenzó a planear un paseo. Las princesas y el príncipe manifestaron el deseo de pasar algunos días con sus padres y compartir, tal como lo hicieran cuando eran más pequeños y salían por varios días en la Carroza Real, para conocer las comarcas del norte.
La princesa Annagrazia encontró una hermosa propiedad cerca del mar, ideal para los planes que tenían. De esta manera, partieron en busca del descanso y la entretención. Como la familia ahora era más grande, ocuparon varias carrozas, para poder trasladar a los hijos de Moira, Franca y Agapito, y al pequeño Tomasso, que su madre Annagrazia cargó en sus brazos casi todo el camino.

Ninguno conocía la propiedad, pero había una muy buena disposición para disfrutar en familia.
El paseo resultó ser una muy grata experiencia para todos. Los niños fueron los más felices, porque podían jugar junto a sus abuelos y tíos. Y los príncipes aprovecharon para compartir y recordar viejos tiempos. Recordaron anécdotas infantiles, tradiciones familiares, momentos especiales y rieron de buena gana, acompañados del esposo de Annagrazia y de la novia de Ramiro, con quienes compartieron todas estas experiencias. Uno de los momentos más recordados lo protagonizaron las princesas Anngrazia y Mareta, quienes se dedicaron a saltar en una cama elástica, como dos alegres y traviesas niñas. El esposo de Moira, quien no pudo acompañarlos desde un principio, se unió a ellos al final, compartiendo algunos instantes de alegría junto al gran clan de Renzo. Y pese al cansancio que significa organizar a esta gran familia, todos estuvieron de acuerdo en que fue un lindo y especial fin de semana, para ser recordado y repetido en un futuro no muy lejano.
Al final, sólo quedan los recuerdos de lo que fueron unos días en familia, plasmados en hermosas imágenes.

















